domingo, 27 de septiembre de 2009

La barrera

Una vez tomada la decisión necesitaba olvidarse de ella. La pureza estaba en comenzar sin ninguna restricción, en limpiarse de la podredumbre del pensamiento. Borrar la cosa antes de que le disolviera. Leyó el papel con aquella extraña historia de hijos de puta, de jueces, de camareros, de garlics que eran coliflores en vez de ajos, y se rió. Arrugó el papel y se lo tiró a la cabeza a uno de los viandantes, que quedó confuso mirándole. Aquel pobre ser era de esos a los que ves una vez y desaparecen temerosos aligerando el paso en vez de enfrentarse y llamarte hijo de puta. Por una bola de papel que impacta en la cabeza, no merece la pena. Pero cuando iba lejos, el camarero cobarde regresó como un toro enfurecido y golpeó al juez con aliento a garlic. Aguantó los golpes sonriendo. El camarero lloriqueó al ver la sangre en sus puños y la falta de reacción del juez. Se fue corriendo. Oyó las carcajadas del juez hasta que estuvo muy lejos, disolviéndose en aquella cosa llamada ciudad, incapaz de regresar otra vez y seguir golpeándole hasta acallar su burla. Se asustan por nada. Son incapaces de seguir, de aguantar, de golpear hasta que oyen una súplica o hasta que el corazón deja de latir. Safe Creative #0909274593631

domingo, 10 de mayo de 2009

No existís

¿A qué esperas? ¿Por qué siempre en último lugar? Háblales de piernas, y de la piel pelada como un pollo. Recuérdame la hora. Y de venas, háblales de venas. ¿Para qué hablar? Estás ahí buscando un motivo para seguir, pensando en ellos. Y no, no debes. Ahórrate la palabra malsonante. Claro, por ellos. El chirrido molesta, y si abres la puerta vas a despertar un mundo nuevo. Bufa, bufa para alejarlos. No van a lograr que pare. Valentía, empuje. Eso es, arráscate, contorsiónate. Qué más da. No lo vas a abortar. Safe Creative #0909274593648

miércoles, 6 de mayo de 2009

Espalda

El llanto le hizo pensar en un río, y lo hubiera convertido en sangre de no ser por la estela de aire que pasó rozando por su oreja. Había sombras asomándose por las esquinas, papeleras llenas de vigías, teclas rotas desparramadas entre la basura. "Proscrito", pensó. Y quiso apretarse la soga mientras todos dormían, volar en esa noche donde la muerte pulsó un botón. Ni el dolor ni la contractura del pensamiento. Siguió adelante, mascando un alimento indefinido. Lo vomitó unos pasos más allá. Y se preguntó por qué la acera, por qué la noche y la ciudad desierta y las farolas. Apresuró el paso, y sintió lo mismo de siempre: el frío de la noche en su frente, la picadura de un mosquito, la lata estrujada en mitad de su camino que alborotó el silencio al patearla y despertó a una niña de sueño frágil. Quiso finalizar con aquel mundo, disminuirse hasta el nivel atómico y girar como un electrón. Los ojos ocultos escudriñaron a su espalda.
Safe Creative #0905063194089

viernes, 24 de abril de 2009

Calla lo que sientes

Eso que quisiste decir y que no salió, que se quedó en un qué, y repitió. Esa vuelta atrás, silenciada, ese pensamiento. Pero fluye. Olvida. No hay nada más que un agradable color azul y unas letras chinas. Olvida. No, hoy no hablarás de ellos. Ni de ti. Sal entonces fuera, a la noche, e intenta imaginar la soledad, el silencio, los coches expectantes. Pero no pienses. Todo espera la mañana. Aquí. Y aunque quieres acallarlo, pides un deseo. Que no sea mañana, que no sea nunca. Cállatelo. No lo cuentes. Hablemos de las aceras sucias, de la noche sin estrellas, de las calles sin tránsito. Hablemos de la cabeza marcada. Todo empieza por un pequeño cambio. ¿Qué es lo que siente ella? ¿Está ya su alma escapando? Prepara tus gafas, deja tu cabeza libre de agujas clavadas por la joven que ríe en los brazos de su novio. Interrúmpete. Eso es. Detente. Sigue entonces, y da unos pasos atrás. Corre ahora, y despreocúpate. La mancha no está allí. No la produjo tu mano. ¡Olvídalos! Ese es tu triunfo, tu única escapatoria. Sigue adelante, céntrate en los sonidos que baten contra tus tímpanos, y vete a las olas, y piensa en esa casa junto al mar. ¡Olvida! No están ellos. No son ellos. Calla la palabra de ayer. Es tu mar, y tu casa, en la que habitarás. ¿Debo proseguir? ¿Hay algo más allá? Tú la llamaste bruja. Asúmelo ahora. Ella te perdona. Y, sí, la odias por su cobardía. Pero la amas porque es tu madre.

jueves, 23 de abril de 2009

Perdón

En la llanura blanca cada minúsculo grano de arena no significa nada. Buscas entre los montículos, elevas los puñados en el aire, y no hay tesoro escondido. La arena no cae por gravedad, penetra en tus ojos como en un sumidero imantado. Sientes así el dolor de cada grano, una irritación tras otra que provoca el fluir de las lágrimas. Lágrimas que caen y se mezclan con la arena blanca, aglomerando algunos granos a los que llamas tristeza. Te detienes entonces, porque tu cerebro se ha llenado de arena. Y surge una palabra: perdón. Perdónales, perdónate, perdonadme.

jueves, 9 de abril de 2009

Inexacto

Inexacto. Ella se había colado por la puerta abierta en la casa vacía recién construida. Miró a un lado y a otro. Olisqueó la pintura y la silicona, como si quisiera que el polvillo que cubría las losas se alojara en sus pulmones para producirle una enfermedad mortal. Revisó cada palmo de la casa, abrió los armarios empotrados y, cuando se convenció de que no había nadie, cerró la puerta de entrada. Allí sí había alguien. Estaba yo, invisible, observando a la muchacha. Y le susurré al oído: "¡inexacto!". Se asustó, por supuesto, y giró sobre sí misma buscando una explicación, mirando las paredes blancas y las bombillas sin lámpara, aterrada por el silencio que siguió a mi voz. Corrió hacia la puerta, pero impedí que se abriera. Ella luchó y gimió, rompiéndose las uñas. Se quedó inmóvil entonces, como si esperara oír de nuevo mi voz soplándole en la oreja. Me hubiera gustado acariciarla y decirle que no había motivos para temer. La dejé marchar, no obstante. La puerta se abrió y nunca más volví a verla.

miércoles, 8 de abril de 2009

Aparatos innombrables

El calor agobiaba a dos manos huesudas que resplandecían blancas. Reposando a la derecha había unos seres inmóviles, cruzados por una sombra viva proyectada sobre la pared. Hoy el lugar había cambiado. Los botones, pertenecientes a aparatos que no pudo nombrar, se desordenaban por todas partes. Dos pantallas, una enorme blanca y la otra negra más pequeña debajo, permanecían apagadas. A su lado, un instrumento permitía contactar con los seres cuando era utilizado. Por alguna razón, le habían prohibido mencionar el nombre de los aparatos y las funciones exactas que realizaban. Le impidieron también hablar de la composición y la estructura. Aparatos, simplemente. Entonces se dio cuenta del poder que ejercían sobre él los seres depositados a su lado. Y sintió los crujidos, los chasquidos, en el silencio que hasta ese instante había creído absoluto. En ese lugar diferente, junto a los seres, seguían los pañuelos de celulosa, y se dijo que ese material, la celulosa, y esa función de limpiar las mucosas, estaban relacionados con su esencia viviente. Sólo uno de los aparatos seguía conectado, y le habían encomendado a él apagarlo.